jueves, 30 de junio de 2011

LA ISLA


Conduzco por una carretera estrecha. Cae la luz de la tarde y sus últimos rayos inciden sobre un manto de pinos de un verde fluorescente que no he visto nunca en ningún lugar, solo aquí. Conduzco por uno de esos caminos que parecen llevar a la nada, donde el tiempo deja de existir de repente y solos quedan el camino y tú, o yo en este caso. Mi chica se ríe pero para mi es uno de esos momentos a los que llamo felicidad, esos caminos sin destino que inspiran algo que nunca soy capaz de explicar. De pronto lo inesperado, o a lo mejor no tanto porque la nada también incluye lo inesperado, un precioso acantilado abrazado por un imenso mar en calma y el sol acariciando su horizonte.  ¿Es el paraiso?, me pregunto. ¿O son las puertas del cielo? Asomandose peligrosamente al acantilado cuatro mesas de madera y un menú sobre ellas que ya indica que si eso no es el éxtasis muy cerca debe de andar el condenado. Cae el sol, cae la botella de vino, la ensalada, el chuletón, la conversación, la complicidad y el arroz con bogavante de la pareja de belgas con dos preciosos niños de la mesa de al lado. De vuelta a casa, la misma carretera, las mismas emociones y la misma sensación de libertad mientras en cabeza se agolpan de pronto los titulares de la prensa de hoy que tan ricamente he leido debajo de una sombrilla en una cala desierta. El drama de Grecia, y de los que estamos a punto, el drama del debate de la nación y de los políticos que cada día dan más sentido al 15M, el drama de la hambruna de Somalia, el drama de Afganistán, el drama de los muchos millones de parados… Son tantos los motivos que uno tiene para pensar que conducir por un camino a ninguna parte cuando cae el sol por estos lares es motivo suficiente para sonreir y sentirse afortunado.

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