viernes, 25 de enero de 2013

EL JUICIO, O LO QUE PUDO SER

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 Ayer asistí a mi primer juicio. Bueno, para ser más exacto, casi asistí a mi primer juicio ya que este no se llegó a celebrar porque antes de traspasar esa sagrada puerta en la que un serio y formal juez imparte justicia hay que transitar durante algún tiempo por una pequeña sala de espera a la que desde ahora denominaré mercado, bazar, zoco, mercadillo, o cualquier otro nombre que defina el lugar como aquel en el que se negocia eso a lo que llamamos justicia, empleando como arma de dicha negociación un número acompañado de varios ceros. Escasos doscientos metros cuadrados abarrotados de hombres togados, los abogados, que arrastran grandes troleys repletas de papeles, pruebas, argumentos a favor o en contra, verdades, mentiras, cualquier cosa que sirva para sacar a su defendido, el cliente, vencedor en aquella ardua batalla. A su lado nosotros, los desamparados, que nos ponemos en sus manos esperando que nuestra causa justa sea defendida con rigor, contundencia y habilidad. De repente y como si de una coreografía muy bien ensayada se tratara los hombrecillos togados comienzan a mirar a un lado y otro, como buscando a una pareja de baile con la que poder interpretar el libreto que tan bien entrenado se traen de casa, o del bufete, o yo creo que hasta de la universidad. Una vez encontrado el yin, el yan comienza el cortejo convirtiéndonos nosotros, los clientes, en actores secundarios. Y comienza el espectáculo más bochornoso al que he asistido en toda mi vida, comienza la negociación, con su rastrero regateo incluido. El caso que nos ocupa es lo de menos, da igual, se trafica igual con todos, lo importante de la justicia de este país son las cifras que van corriendo de boca en boca, de un señor togado al otro y que se van cantando en voz baja a la oreja de cada uno de los susodichos clientes que atónitos (al menos así me sentía yo) tenemos que en décimas de segundo aceptar la cifra propuesta por la parte contraria, bajarla, pagarla al contado o en cómodos plazos, ponerle el iva o quitárselo mientras que mentalmente tratas de rescatar alguna neurona que no esté presa del pánico para que te calcule que te supone ese número con tantos ceros en cuestiones de irpf. Y mientras tanto la secretaria judicial, la persona que asiste a la deidad que se encuentra dentro de la sagrada sala en la que se imparte la justicia de verdad apurándonos a ambas partes para que nos pusiéramos de acuerdo y así evitar al señor juez tener que juzgar sobre lo que es justo y lo que no, y tener que retrasar su cita en el urólogo. Dantesco.

Tras una hinchazón de pelotas, las mías, decido que se acabo el show, que no me presto a que me roben con mi consentimiento y que no hay acuerdo, que vamos a juicio. La cara de sorpresa del letrado que me asiste me recuerda por momentos a la mía cuando algún cliente me llama el viernes a las ocho de la tarde para joderme el fin de semana, e intuyo que piensa eso “no me jodas”. Es entonces cuando saca su capa de superhéroe y sobrevuela por encima de mi dejándome muy claro que allí el que sabe es él arguiendo la amenaza que ya he visto en alguna que otra película: “acepta la oferta, es un muy buen acuerdo. Si vamos a juico puede pasar cualquier cosa” .Y pienso, ¡otro que no quiere trabajar! ¡¿Pero cómo que no vayamos a juicio?¡, digo, pero si el caso está claro, si no hay otra posibilidad que no sea ganarlo, o eso creía yo hasta que de nuevo interviene la secretaria del ser supremo que habita dentro de aquella puerta deseada que aparece en escena reclamando la presencia de ambos abogados. El Sr juez quiere verlos, a solas, sin las partes, sin los afectados. Tras haber asistido a una triste, tristísima, representación de cómo se negocia con la justicia uno ya no sabe si que estén los dos solos hablando con el juez es bueno, malo, o lo siguiente. Hasta que salen y se confirman mis temores, es ¡!lo siguiente!! El juez les obliga a que se llegue a un acuerdo, bueno, más que obligarles, que quedaría feo por parte de un ser tan divino, les dicta cuales son los términos del acuerdo al que tenemos que llegar. Mientras que mi decepción llegaba ya hasta el suelo sus caras, las de los de la toga de los cojones, de impostada resignación delatan la farsa que esto de la justicia. Me da igual si los juzgados están saturados, o si los jueces ganan poco, o si no tienen personal para atender tantos caso, o si es verdad que el pobre señor juez tenía una cita con su urólogo o no, mi sentimiento era que estaba completamente vendido, que le estaba abriendo mi cartera a un tío y le estaba diciendo en las mismas puertas del sitio donde con el dinero de todos se imparte justicia que me robase, que le dejaba y que no le iba a hacer nada por ello. Es lo que es, y lo peor es que es lo que hay.

Una palmada en mi espalda y de nuevo en mi oreja las palabras de mi abogado como en las películas: “alégrate, es un muy buen acuerdo. Podía haber pasado cualquier cosa en el juicio”. Lo triste es que lo de ayer no fue una película, es tan real como la vida misma, nuestra justicia es así, un bazar donde el más listo se lleva la mejor tajada y siempre con la venia del Sr Juez.

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